lunes, 27 de febrero de 2012

Fuerza de voluntad

  
 Desde un año para acá me gusta cuidarme. Me es imprescindible.
   No utilizo productos que no sean sanos, saludables y buenos tanto para mi cuerpo como para el medio que me envuelve. Hasta el champú ha de ser un artículo sin sulfatos de mineral y una cantidad de químicos muy baja o nula. Para el cuerpo no utilizo ni jabón... en el fondo te quema la piel, y realmente no es necesario... hay alternativas igual de efectivas que no son tóxicas. Claro que el envase no es atractivo ni te dan ganas de comprarlo, pero son remedios naturales para toda la mierda con la que nos bombardean.

   Con la comida ocurre algo semejante. Por lo general no me gusta comer mierda. Es decir, prefiero que lo que me meto en el cuerpo sea de calidad y pensando siempre desde el punto de vista: "Esto es lo que mi cuerpo necesita". Pero, igual que adquirir unos hábitos con toda la higiene y artículos varios me ha resultado fácil, soportable y que hasta me hincha de orgullo, con la comida y la alimentación es más difícil. Son hábitos mucho más arraigados...

   Por ejemplo, siempre he sido una adicta al chocolate. Me chifla. Hasta el punto de levantarme de la cama a las 3 de la madrugada para ir a una gasolinera a comprar donnuts bañados en chocolate. Una friki, lo sé.
   He sido adicta a él incluso siendo Ana. Solo que cuando era joven tenía un metabolismo mucho más rápido que el actual y, por lo general, casi no comía.

   Los nuevo hábitos no incluyen éste elemento en mi nueva dieta, obviamente. Como tampoco una gran lista de alimentos que por lo general me gusta comer... a diario. No es que me desagrade comer lo que ahora llena la nevera, solo que es más soso o aburrido. No es tan atractivo al paladar. Y no da lugar ni a atracones ni a picoteos. 
    
   El problema es la ansiedad.

   Si sumas el crecer, un pasado triste que crees que es mejor dejar a un lado y te atormenta de vez en cuando, la insatisfacción de tu existencia y el aburrimiento de la rutina el resultado es ANSIEDAD. Y puede que sea en un estado permanente, intermitente o en momentos o ratos esporádicos. La mía es la última.
   Por lo general ni me entero de que es ella. Solo siento una necesidad imperiosa de engullir hidratos de carbono y azúcar: Donnuts, Croisants de chocolate, Bizcocho, un Big Mac,... Me obsesiono hasta llegar a la angustia. El mundo deja de existir y la idea latente de morderlo, de aplastarlo con la lengua y tragarlo es tan intensa que casi siempre cedo y caigo.
   
   El problema es escoger el camino fácil.


   Todo es una cuestión de lucha. Antes, me dejaba vencer antes de pelear porque era el camino fácil... Es más cómodo meterte entre pecho y espalda un menú completo del chino aceitoso a domicilio sin casi ni masticarlo, mientras ves un maratón de películas que decir "NO". Mentalmente es una ardua guerra. Porque es cuando estalla la ansiedad con sus caprichos. Y, como un padre cansado acabas cediendo.


   ¿Qué es lo que pasa realmente?
   Que la verdad más absoluta es que como en la guerra, si batallas y acabas ganando te sentirás más fuerte. Y así el siguiente enfrentamiento te será más sencillo. Solo hace falta ser un gran estratega, buscar razones de peso y utilizarlo todo de un modo inteligente. 
   Al final el cuerpo no es más que una máquina... una herramienta que adquiere los ritmos y funciones que nosotros le vayamos ordenando. Hay que cuidarlo y mantenerlo, pero saber cómo hacerlo es un elemento clave.


  
*Este fin de semana declaré la guerra, y llevo 2 días de batallas ganadas. Me siento muy satisfecha, feliz y animada. Me siento muy deshinchada y con ganas de enfrentarme muchas veces más.
   Me es imprescindible la ayuda del gimnasio... Cada día he estado haciendo una media de 90 minutos al día. Es un gran aliado contra la ansiedad... Te carga las pilas, te hincha de buen humor y satisfacción personal y además, te disminuye el nivel de ansiedad.


:)





sábado, 25 de febrero de 2012

Again

  
   Me he hecho mayor. No sé cuándo, ni de que modo, pero me he hecho mayor. Sin darme cuenta, sin poder rectificarlo.
   Me he hecho mayor y no estoy satisfecha. No de la vida en si, sino de mi misma. Ya ni me miro en el espejo por el miedo que me da no reconocerme. No puede ser cierto que la persona que me mira desde el otro lado del cristal sea yo. Y si respiro hondo un par de veces no tengo más remedio que reconocerme y sentir una necesidad enorme de apiadarme de mi misma. Por lo que me he hecho, por la falta de amor propio que me profeso, por haber conseguido hacer que se me vea con tan poca gracia y tan fea y tan gorda...


   Y me pregunto... ¿Desde cuando? Yo, no hace tampoco tanto, era una princesa. Un ser bello, que emanaba energía, que se sentía vivo con su fuerza y voluntad. No hasta el punto de enfermar por llegar a los máximos extremos, pero sí como para sentirme emocionada cada vez que me miraba al espejo o iba a comprar ropa con amigas o salía a tomar copas con un modelito que solo un cuerpo de princesa podía permitirse. Y ahora... hasta he dejado de hacer todas aquellas cosas que tanto me había gustado hacer por verme y sentirme así.


   Hace un mes decidí volver a ser amiga de Ana. 
   Ella fue la que me acompañó durante toda mi adolescencia y parte de mi juventud. Mía era más complicada... nunca me gustó su estilo y nunca la quise en mi vida. Pero Ana me acompañaba a todas partes y me entendía y apoyaba en cada uno de mis propósitos... Tenerla a mi lado me hacía sentir más fuerte y capaz.
   Al ir cumpliendo años, mi vida se volvió sumamente en un acto difícil, duro y desagradable. Al principio luchaba por salir de "X" situaciones, pero poco más tarde me di por vencida y me convertí en una chica alcoholica y drogadicta. Dos vicios que me acompañaron durante más de un año y por los que luché por salir. Ahora ya llevo más de 4 años limpia, pero el precio que pagué por abandonarlo todo fue muy alto: dejé de ser la persona que había sido. En casi todos los aspectos. Y Ana ya hacía tiempo que había desaparecido, no le dejé espacio ni lugar en mi existecia. 


  Empecé a engordar sin ni darme cuenta siquiera. Y ahora que soy consciente de ello, me doy cuenta de cuánto la hecho de menos. Y estoy intentando reconciliarme con ella pero éste es un acto muy difícil.


   Estos años de amistad rota me han dado la capacidad de disponer de dos tipos de conciencia distintos. Una, la del uso gastado, es la que cuando el cuerpo me exige el consumo de bizcochos, chocolates, pizza, McDonalls,... hace que el camino para adquirirlos y consumirlos sea extremadamente fácil y factible. La otra, la que se asemeja a una directriz exigente, es la que se pasa el día diciendo que NO, NO y NO.
   Sinceramente, siempre elegiré a esta última cuando me pregunten a cual de estas dos prefiero como compañera en el camino, pero... la primera muchas veces es quien domina la situación, y es la parte de mí que he decido erradicar... Ana debe ocupar su lugar. Después ya actuará con las cantidades, y con la erradicación de comidas y todo lo que todas sabemos, ... Pero todo tiene su proceso.




   Estoy contenta de haber visto y darle cabida de nuevo a Ana. Seguro que nos perdonaremos y seremos felices juntas de nuevo. Que me haya hecho mayor no significa que aun no sea joven y bonita.
   :)